21 oct. 2014

Gomorra, la serie: retrato de la Nápoles de la Camorra

Este artículo fue publicado en Jot Down

De Nápoles se ha escrito tanto que el personaje amenaza con devorar a la persona. No es que se haya exagerado -muchas veces sí-, es que hubo un tiempo en el que se hicieron tantas crónicas, artículos y entradas de blogs sobre Nápoles y ‘O Sistema (más conocido como la Camorra), que por el barrio de Secondigliano empezaron a ver coches de frikis cámara en mano para retratar lo que habían visto por la tele. El fenómeno lo conocen bien los vecinos de Corleone, en Sicilia. 

Culpa –o mérito- de tal atracción la tuvo el omnipresente Roberto Saviano, que hipotecó su vida para contarnos en un libro bestial llamado Gomorra qué ocurría en Nápoles. Y no sólo qué ocurría con la Camorra, sino cómo la Camorra es parte –o motivo- de un paisaje mucho más completo y asombroso: cómo en la tercera ciudad del noveno país del mundo (por PIB según el FMI) hay barrios donde apenas entra la policía, donde la basura se acumula en las calles, los clanes venden droga en los edificios sometiendo a los vecinos, o donde tres niños sin casco van en moto por una avenida. Hay una parte del libro de Saviano en la que el periodista habla de los gritos y lamentos de los familiares de los camorristas asesinados cuando llegan a la escena del crimen. Es casi como un ritual de dolor especificado: cada vez que aparece un camorrista baleado, los allegados en la escena gritan, maldicen, se agarran y desvanecen, protagonizan tremebundas muestras de dolor. Y Saviano lo analiza con frialdad, como una parte más de la estética napolitana. Hay hasta un estilo camorrista para afrontar la muerte en público. Muestra clara de que el asunto, ni mucho menos, es un tema puramente criminal: se trata de un acontecimiento socio-cultural.



Este acontecimiento descrito con maestría por Saviano (quien, por cierto, fue condenado a muerte por la Camorra y desde entonces su vida transcurre entre escoltas y secretismo: él mismo ha dicho que ojalá no hubiera escrito el libro), este acontecimiento, decíamos, atrajo el foco mediático: durante los años 2004 y siguientes los amantes de este fenómeno disfrutamos de un grifo abierto de noticias, reportajes, documentales, libros y hasta de una versión de Gomorra llevada al cine por Matteo Garrone con notable resultado. Coincidió esta época, además, con la guerra entre los ‘scissionisti’ (secesionistas) y el clan Di Lauro. La llamada ‘faida di Scampia’ (guerra de Scampia) tuvo lugar en el barrio del mismo nombre y entre 2004 y 2005 dejó un muerto al día en el norte de Nápoles (imaginen tal media en, por ejemplo, Valencia o Sevilla). Lo que comenzó como una interna entre el clan y los separatistas se extendió pronto a otros grupos y salpicó de balas todo el norte de la ciudad. Fue entonces cuando salió el libro de Saviano y el fenómeno Camorra se desparramó. Por cierto, Saviano, una vez desbordado por el éxito, repitió lo que los periodistas locales napolitanos ya sabían: que no había contado nada nuevo, que todo lo relatado en el libro ya había sido publicado o contado por periódicos, informativos y radios napolitanas en los últimos años. Gomorra no es más (ni menos) que una magnífica recopilación ordenada y embellecida de todo ese torrente de información. Una recopilación de apabullante éxito que desembocó en lo temido: el clan de los Casaleses (una especie de corleoneses de la Campania, una mafia local del pueblo de Casale di Principe, en la colindante provincia de Caserta cuyo ‘boss’, Francesco Barbato, fue detenido en 2010) amenazó al escritor. De hecho, en toda Italia hay, a día de hoy, cincuenta periodistas amenazados por las distintas mafias del país. Y las amenazas de la mafia no caducan. El propio Saviano explicó en una entrevista la historia de un viejo periodista napolitano amenazado por la Camorra que tuvo que huir a Estados Unidos. Regresó muchos años después, ya anciano, para morir en su ciudad natal. El segundo día tras su vuelta recibió un balazo en la cabeza. La mafia perdona pero no olvida, y esas cosas.

La amenaza a Saviano fue el culmen de la atención que acaparó la Camorra. Así, tras el libro, llegó la película. Y tras la película, llega ahora la serie. La Sexta está emitiendo desde hace unas semanas la primera temporada de ‘Gomorra, la serie’, supervisada al detalle por Roberto Saviano y basada en su libro, claro. Basada, pues, en la mencionada guerra entre clanes. ‘Gomorra la serie’ es, sobre todo, un ejercicio magistral de retrato de la Camorra y de Nápoles. Sobre la mafia hace una disección sin prisas. Cada capítulo se centra en un detalle del funcionamiento de ‘O Sistema. Es una tesis doctoral servida en bandeja para degustar por el espectador. Sobre Nápoles -en concreto su periferia- el dibujo es igualmente realista. La serie nos permite descubrir con asombro cómo es y qué sucede en los barrios de la –incidir para comprender la dimensión- tercera ciudad del noveno país del mundo.

· El paisaje de la periferia napolitana

Gomorra la serie (desde ahora sólo Gomorra, si me permiten) refleja con trabajado realismo el paisaje que ofrece la periferia norte de Nápoles. Ya lo había conseguido la película y ahora se repite en televisión. La trama de la primera y de momento única temporada emitida, se desarrolla, sobre todo, en los barrios de Secondigliano y Scampia, al norte de la ciudad, pegados al aeropuerto. Son barrios que hace unos pocos años padecían un abandono institucional y estatal asombroso y que hoy intentan dejar atrás tal condición. Pese a ello, todavía las carreteras están mal asfaltadas, la basura se acumula por todos los rincones, la hierba crece salvaje en las medianas, las paradas de buses están rotas y las paredes y muros invadidos de pintadas. El retrato final que ofrece la serie es, simplemente, un reflejo de la realidad de esta zona. De hecho, la serie está filmada en estos barrios, igual que lo estuvo la película. Matteo Garrone, el director del film, no tuvo problema en admitir que se vio obligado a dialogar con los clanes locales para que le dejaran grabar. Los capos debían leer antes el guion y no pocas veces se pasaban por el set de rodaje para echar un vistazo. Con la serie no ha pasado lo mismo ya que Secondigliano y Scampia están sometidos a una renovada atención gubernamental desde que Saviano puso el grito en el cielo. Eso no quiere decir que la Camorra no siga ahí –sigue, claro que sí- sino que hace menos ruido.

La serie se adentra por el contrario poco en el centro de la ciudad, donde el paisaje es igualmente particular. Un paseo por Nápoles implica congelarse en el tiempo: ropa colgada de una fachada a otra en estrechas calles, mercadillos en cualquier rincón, señoras que descuelgan desde el balcón un cesto atado a una cuerda para subir el pan… Nápoles parece aislado del ritmo del progreso. Lo que sí nos muestran son los pueblos y aldeas de la Campania dejados de la mano de dios, algo de lo que ya hablaba el libro de Saviano: decenas de núcleos urbanos abandonados o casi abandonados por obra y gracia de la Camorra, que asfixió a sus habitantes hasta la ruina. La serie ofrece un muestrario completo de fábricas, naves industriales y polígonos a los que no se acerca nadie y donde hay impunidad para esconder armas, organizar un tiroteo o torturar a un secuestrado. Decorados muy alejados del romanticismo con el que el cine y la televisión suelen presentar a la mafia.

· Territorio camorrista:

Efectivamente, el progreso que imprime el estado italiano al norte del país no alcanza de la misma forma a la Campania, que se ha visto sometida en consecuencia al contraestado de la Camorra. La mafia gestiona los servicios, infraestructuras y mercado laboral de cada barrio y municipio, provocando una infraestructura alternativa a la oficial. Si se llama ‘O Sistema es por algo: es una casi completa estructura alternativa. Solo dos de los 95 ayuntamientos que conforman la región de Campania no han sido intervenidos nunca por estar controlados por la Camorra. La serie refleja este manejo territorial de los clanes, desde la compra de políticos hasta el despacho de drogas: los clanes hacen suyos edificios enteros (monstruos arquitectónicos de los años 70 que conforman los barrios dormitorios de la periferia) bloqueando los accesos y sometiendo a los vecinos a horarios de entrada y salida. El epicentro de la serie es el edificio que ha sido y es símbolo de este control de los barrios por parte de la Camorra: ‘le vele’ (las velas). ‘Le vele’ son tres mamotretos de edificios en el barrio de Scampia que recuerdan vagamente a barcos en cuyo interior se pierden las cámaras de Gomorra. Muestran los apretujados apartamentos y el abandono de las instalaciones. El control aquí es de la Camorra, que esconde arsenales, vende drogas y practica tiro al blanco. Los clanes tienen toda una red de control, desde los jefes que supervisan las operaciones hasta los niños y vecinos que avisan de la llegada de la policía. Cuando los ‘carabinieri’ decidieron entrar en ‘le vele’ en el año 2005 para acabar con la guerra de los ‘secesionistas’, se toparon con una resistencia inaudita. El clan contaba con varios bunkers, pasadizos y un muestrario de defensa que incluía un bazooka. Insisto: se trata de un edificio de un barrio de Nápoles. La serie también refleja el otro lado de la moneda: las grandes mansiones de los capos de los clanes. Lo curioso es que estas mansiones están situadas en los mismos barrios, de modo que en medio de los bloques y colmenas de Scampia se esconde una mansión amurallada con todos los lujos propiedad del capo. Los planos que la serie hace de algunas de estas mansiones no tienen desperdicio.

· El jefe es el boss:

Hay una palabra en italiano con magnífica sonoridad para un hispanohablante: capo. Significa jefe. Y en España se usa mucho para referirse a los jefes de la mafia; se le dice capo casi como un préstamo gramatical. Paradójicamente los italianos, a los capos de las mafias, les llaman en inglés: boss. El boss de cada clan napolitano es también el jefe del barrio más allá de la criminalidad. En algunos casos, como los barrios donde se desarrolla Gomorra, de forma escandalosa. Los vecinos acuden a los boss para solicitar ayuda, como se refleja en varios capítulos de la primera temporada, cuando Doña Inma recorre las calles de Scampia prometiendo ayuda y puestos de trabajo. Al final –por pura cercanía- muchos de esos vecinos desconfían de la oficialidad y optan por la Camorra. En ese mismo capítulo la llegada de los carabinieri para una redada acaba con los vecinos del barrio lanzando todo tipo de objetos a los agentes, a quienes también les llueven insultos. Cuando la mafia se adentra en la realidad social, entonces se hace muchísimo más difícil de extirpar. Los clanes, claro, también organizan las fiestas y procesiones de cada barrio y su poder es tal que contratan a los artistas de moda, algo que también se ve reflejado en Gomorra. Falta ver si en sucesivas temporadas tocarán el tema del fútbol, donde el SSC Napoli, el equipo de la ciudad –y sus ultras- también tienen –o tuvieron- una relación muy estrecha con la Camorra. Cuentan que Maradona, nada más llegar al Vesubio, fue agasajado con un Ferrari cortesía de uno de los boss de la ciudad.    

· Ser camorrista 'mola':

Una de las cosas que con más empeño trata de explicar Saviano en la serie –tal y como hizo en el libro-, es la dimensión social de la Camorra. No es un grupo criminal ajeno al día a día de su entorno, como ya hemos explicado. Es, pero, una consecuencia del entorno. Ser camorrista ‘mola’ entre cierto segmento de la chavalería napolitana. Los niños de Scampia o Secondigliano –y esto es algo que refleja muy bien en Gomorra- juegan a ser camorristas cuando todavía se sacan los mocos. Y poco después ya son vigilantes, encargados de dar una voz si se acerca la policía. El siguiente paso es ser mensajero y de ahí al clan. La serie nos permite ver un caso paradigmático: el de Daniellino, que trabaja en un taller con 15 años, pero que no se resiste a levantarse mil euros por llevar un paquete en moto a otro barrio. Mil euros por 30 minutos de trabajo. Los clanes reclutan chavales con la facilidad con la que se reparten caramelos. Esto alcanza a la estética: hay estereotipos a imitar y que se repiten. El perfil del chaval de la periferia napolitana carne de cañón de la Camorra se refleja perfecto en Gomorra: chándal, pendientes y joyas de brillantes, grandes motos y navajas automáticas. La forma de hablar, el acento y los gestos también cuentan. También forman todo un submundo, una cuasi cultura underground camorrista que se perpetúa cada generación. Los diálogos de Gomorra reflejan al detalle esto: el estilo, los sonidos, la gesticulación. La serie hace una radiografía de la escena urbana napolitana.

· Atmósfera ‘nnapulitana’:

Como la estética individual, Gomorra también hace un reflejo sublime de la colectiva, esto es, la atmósfera. Pecando de esnob es obligatorio ver la serie en versión original (La Sexta la emite doblada) para saborear esta atmósfera al completo. Para, al fin y al cabo, disfrutar enteramente de la serie. Verla doblada –esto puede ser opinable, claro- hace que la serie pierda tanto, tanto, que puede llegar a convertirse en otra, en un thriller del montón sin mayor recorrido. Escuchar la serie en napolitano es recibir todos los ítems de los que estamos hablando: el acento, los códigos, los gritos que recorren el barrio cuando se acerca la policía o hay un tiroteo. Casi el cien por cien de las escenas son en napolitano, el dialecto de la Campania, por lo que incluso en Italia se ofrece la posibilidad de verla subtitulada.  La puesta en escena se completa con la fiel reproducción de muchos rituales y hábitos camorristas: no falta la obsesión por las motos de gran cilindrada, la ausencia del uso del casco y el catolicismo exacerbado arraigado en el sur de Italia. Imágenes de la Madonna (la Virgen) por todos los rincones o la obsesión por las coronas funerarias: los muertos de la Camorra miden su impronta según el tamaño de la corona que reciba su tumba. El asunto de las coronas, que la serie también trata, es todo un mundo.

· España, un barrio más de Nápoles:

La serie reproduce –con las licencias de guion correspondientes- la guerra que tuvo lugar entre 2004 y 2005 llamada ‘faida di Scampia’, de la que hablábamos al principio. El nombre del clan protagonista es ficticio, los Savastano, pero muchos nombres sí coinciden con intención. El hijo del boss en la serie se llama Gennaro Savastano (Genny) y en la realidad el delfín del boss Paolo Di Lauro se llamaba Gennaro (Genny) ‘McKay’. Por cierto, Saviano cuenta en el libro que Genny –el real- tuvo un día que beberse un vaso de orina de Di Lauro para demostrarle su fidelidad, algo que también sucede en uno de los capítulos de la serie. Otra de las realidades que se reflejan en Gomorra y que nos toca más de cerca es la presencia –masiva- de la Camorra en Cataluña y el Levante español. Parte de la primera temporada se desarrolla en Barcelona (donde, por cierto, se escucha hablar más catalán que en cualquier serie española que se desarrolle en la ciudad condal) reflejando algo en lo que Saviano ha insistido, e insiste, hasta la saciedad: que la mafia napolitana está asentada desde hace años en España y que aquí vive con comodidad. La serie deja ver cómo controlan hoteles, casinos y empresas con total impunidad. Basta decir que, en la realidad, los ‘secesionistas’ de la guerra de Scampia terminaron formando el clan de los españoles, por la cantidad de ellos que se asentaron en las en las tranquilas aguas de nuestro Mediterráneo. 


En realidad la serie refleja decenas de detalles más del fenómeno de la Camorra. Se trata de un estudio en profundidad de un asunto apasionante que, por si fuera poco, se ha guionizado y llevado a la ficción de una forma sublime, dando como resultado –de momento y a la espera de la segunda temporada- una serie apasionante. La serie de ‘O Sistema.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario