11 mar. 2015

Berlín, días de bicicleta

Este reportaje se publicó en la revista Yo Dona







Hay una diferencia fundamental entre recorrer Berlín en bicicleta y hacer lo propio en Madrid, Valencia o Bilbao: el coche que llevas detrás. Cuando se pedalea por una calle de casi cualquier ciudad española se puede sentir el cabreo del conductor que llevamos a rueda, aferrado al volante y maldiciendo tu lentitud. Casi se percibe una energía de impaciencia que golpea nuestro manillar. No ocurre en Berlín: hay tantas bicis circulando por la ciudad que los conductores están definitivamente acostumbrados a ellas. Y su paciencia es la clave que permite disfrutar sobre dos ruedas -y sin tensiones viales- de una de las ciudades más interesantes de Europa. Se podría decir, la ciudad de moda.

“Berlín está muy bien para andar en bici, pero debería estar mucho mejor. Solo el 14% de las calles de la ciudad están acondicionadas con carril-bici”. Quien se queja es Martin Riewewstahl, guía de Berlin on Bike (Knaackstraße 97), sin duda, una de las mejores opciones para alquilar bicicleta y punto de partida para el mini tour. Puede que la queja de Martin sea lícita, pero es evidente que le falta la perspectiva de vivir en ciudades en las que, más que la falta de carril-bici, el problema es que te lleve un autobús por delante. Cuando se lleva media hora sobre el sillín rodando sobre la ciudad se comprende que la seguridad es enorme. La ciudad acoge a los ciclistas y una vez comprendido esto, recorrerla a pedales se revela como la mejor opción: se puede ir contemplando las calles, edificios y desfile de personajes berlineses; se puede ir de un barrio a otro sin caer rendido de agotamiento; se puede ir haciendo las paradas que deseemos sin preocuparse del aparcamiento; se puede beber una cerveza en una terraza sin la responsabilidad de tener que ponerse al volante. Berlín, sin discusión, en bici.



Intenten salir de Friedrischshain

Inténtelo, aunque no será fácil. El corazón de Berlín Este, un barrio repleto de locales, bares alternativos, terrazas, galerías de arte y gente en la calle. Dejemos a un lado los circuitos típicos de Berlín, esos que nos topamos en las guías o viajes organizados, y adentremos las bicicletas en callejuelas con esencia. Friedrischshain, con sus murales de arte urbano colonizando fachadas, debe ser nuestro cuartel general. El sol de la mañana se aprovecha mejor pedaleando de norte a sur Treptower Park, epicentro verde del barrio, parque a millones de años luz de la ciudad: árboles meciéndose, aroma verde y fresco y el único ruido de nuestras bicicletas avanzando relajadas. El parque desemboca en la Isla de la Juventud (Insel der Jugend) donde toca tomarse la primera cerveza en cualquiera de sus bares con vistas al canal y contemplar el enorme desfile de lanchas que suben y bajan por el río.

La clave del barrio, por donde prosigue la excursión, es perderse. Y hacerlo sin prisa. Cada esquina tiene algo que mostrar y cualquier rincón es bueno para dejar la bicicleta (siempre con candado, conviene no olvidar esto) y adentrarse en un local que nos llame la atención. En la terraza del Kültürzeit, donde ofrecen deliciosas patatas asadas, se puede tomar el sol con un vaso de medio litro de cerveza en la mano. Esta vez, lo que desfilan no son lanchas, si no punkys, hippies, artistas y bohemios que entran y sale del RAW-Gelände (Revaler Straße 99), un antiguo complejo de fábricas reconvertido en una enorme área de bares, pubs, grafitis y centros culturales que no conceden descanso a los sentidos. A RAW-Gelände conviene regresar por la noche para tomar una copa y descubrir la cara más intensa de la movida berlinesa: un hervidero de gente de todo tipo y condición. Para aburrirse aquí hay que empeñarse.

Comer sentado y con dedicación también es posible en el barrio. Para ello Berlín nos ha concedido Spätzle&Knödeln (Wühlischstraße 20), comisa casera, buena, bonita y barata. Habermeyer (Gärtnerstraße 6) es más apropiado para una cerveza, pero es la otra opción sin exceso de turistas que ofrece el barrio. Por cierto, en la parte sur de Friedrischshain está la East Side Gallery, el segmento de muro en pie más largo de la ciudad y que se ha convertido en una galería de arte al aire libre, llena de murales y grafitis que se pueden ir contemplando en bici como si se estuviese haciendo un travelín de cine.

De un aeropuerto abandonado al barrio turco sin bajar de la bici

 Saliendo de Friedrichshain hacia el sur se atraviesa Kreuzberg, el barrio turco y hogar de los ‘hipsters’ (solo esta combinación ya merece la pena). El epicentro del barrio es Kottbusser Tor, donde se puede encontrar el mejor kebab de Berlín: lo preparan en Hasir Kebab (Adalbert Straße 10) y es una delicia. Ojo: junto al garito donde lo dan –un bar pequeño y sencillo donde se come de pie- está el restaurante del mismo nombre, bastante más caro y mucho más turístico. Kreuzberg es atravesado por un canal (casi todos los barrios de Berlín tienen su propio canal, la ciudad está llena). A lo largo de su orilla, la calle Paul-Lincke-Ufer exhibe una colección de bares y restaurantes en los que tomarse una cerveza viendo a los vecinos jugar a la petanca junto al agua. Otra posibilidad es darse un homenaje y comer con buen vino en el restaurante Volt: cocina moderna al sol de su terraza.  
Pedaleando más hacia al sur se llega al aeropuerto de Tempelhof. Mejor dicho, al aeropuerto abandonado de Tempelhof. Estuvo activo durante la guerra fría pero hoy es una enorme superficie donde los berlineses patinan, pasean, vuelva cometas o –cómo no- andan en bici. Los domingos rebosa actividad y la experiencia de recorrer sobre dos ruedas una pista de despegue merece la pena.  No lejos de allí está el siempre concurrido Check Point Charlie. Un consejo sobre uno de los puntos más turísticos de Berlín: a un centenar de metros está el Martin Gropius Bau, el museo de Bellas Artes de Berlín. En su parte trasera, a resguardo de las hordas de turistas, se halla una apacible terraza entre árboles en la que se puede comer un riquísimo menú del día. 

El muro visto de otra forma

Si lo que se busca es conocer la historia del muro de Berlín, la bicicleta vuelve a ser la mejor opción. Existen rutas alternativas que huyen de los lugares más manidos. Excursiones de tres o cuatro horas en las que, acompañados de un guía, descubrimos una porción de muro todavía en pie en mitad de los matorrales de un parque. Una de las visitas más interesantes es la Plaza 9 de noviembre de 1989 (fue necesario incluir el año en el nombre porque un 9 de noviembre también tuvo lugar la llamada noche de los cristales rotos, el primer ataque coordinado de los nazis contra la comunidad judía). Esta plaza, todavía relativamente desconocida para los turistas, explica a través de una serie de placas en el suelo cómo fue la noche en la que cayó el muro. Cada inscripción contiene una hora y se va avanzado a lo largo de la plaza como quien viaja en el tiempo hasta que se llega al antiguo paso fronterizo, donde las fotos de la gente atravesándolo aquella mañana completan el trayecto espacio-temporal.
Otra experiencia alejada de los circuitos a donde tenemos que dirigir las bicicletas es la Tränenpalast (Reichstagufer 17), un pequeño museo instalado en la antigua estación de tren que comunicaba Berlín Este con Berlín Oeste. La exposición recrea cómo era la vida en una ciudad dividida, con documentación de entonces, vídeos, testimonios y una colección de objetos de esos años. 
  
Una panorámica de Berlín que acaba en una sala de baile

Panoramapunkt es el sitio para tomar perspectiva. Frente a las colas de la torre de la televisión, situada en la concurrida Alexanderplatz, el Panoramapunkt es un hotel con cafetería cuya azotea apunta al cielo sobre Berlín. Lo bueno de este punto panorámico es que la vista que ofrece incluye la torre de televisión, símbolo de la ciudad. El hotel está situado en Potsdamer Platz y cuenta con el ascensor más rápido de Europa, por si alguien tiene prisa.

Bordeando el centro, el llamado barrio de Mitte donde está la Puerta de Brandemburgo o el monumento al holocausto judío, llegamos a Auguststraße, una tranquila calle en la que debemos aparcar la bicicleta e ir entrando en sus galerías de arte: algunas serias y elegantes, otras antiguas casas con arte alternativo. En esta misma calle está Clarchens Ballhaus, un cabaret y restaurante de principios del siglo XX donde podemos cenar unas buenas salchichas entre vegetación y a continuación disfrutar del baile en directo sobre sus desgastadas tarimas.

La vuelta en bici a Berlín se completa en Prenzlauer Berg, las calles de moda en la ciudad. Era el barrio judío antes de la guerra y hoy está siendo colonizado poco a poco por los ‘hipsters’. Su llegada está llenando la zona de vanguardistas bares y restaurantes. De nuevo es buena idea pedalear sobre sus adoquinadas calles para descubrir rincones que, aunque no salgan en las guías, nos inspiren. El Hotel Circus es un buen arranque, con un desayuno completo en su agradable bufet al aire libre, con relajantes mesas blancas sobre piedras. En general Prenzlauer Berg es una excelente elección para instalarse. Existen decenas de apartamentos que se pueden alquilar a buen precio y que ofrecen más independencia que los hoteles. La web Homeaway.es permite rastrearlos todos y reservar con antelación.

Pero si por algo destaca Prenzlauer Berg es por la moda: algunas de sus calles parecen pasarelas en las que se va a mirar y ser mirado. Y las tiendas más modernas de Berlín se concentran aquí. Schöne Maid (Kastanienallee 90) es una pequeña y asombrosa tienda de artículos femeninos, desde botas hasta bolsos de cuero. Issue (en el número 58 de la misma calle) condensa un surtido apasionante de moda, fotografía, pop y arte urbano. Y Glücklich am Park, al lado, es una cafetería y tienda de ropa donde además de moda se ofrecen irresistibles gofres.

Para huir de la ola de modernidad cabe agarrar de nuevo la bicicleta y atravesar el barrio hacia el norte para cenar en Osseria (Langhansstraße 103), un auténtico ‘Ostalgie Dinner’. En Berlín se conoce como ‘ostalgie’ a la nostalgia de Berlín Este y muchos bares, restaurantes y museos aprovechan este fenómeno para recrear cómo era la vida en el comunismo alemán. Este lugar es un ejemplo perfecto de ello: además de deliciosa comida alemana, el restaurante está cargado de fotos, decoración y periódicos de la época esplendorosa de la RDA.
Finalmente existe otra opción para conocer Berlín en bici: olviden todo lo que han leído, súbanse a la bicicleta y, simplemente, pedaleen. La ciudad no les decepcionará.

Guía práctica:

Alquilar bicicleta: Berlin on Bike ofrece excursiones de todo tipo, desde grupos por sitios emblemáticos hasta rutas personalizadas alejadas de los circuitos. Están en Knaackstraße 97 y tienen web para hacer reservas: berlinonbike.de

Dormir: La web Homeaway.es ofrece todo un catálogo de apartamentos a buen precio. Si se prefiere hotel, The Circus Hotel (Rosenthaler Straße 1) ofrece calidad y excelente situación con tarifas razonables.

Comer: Clarchens Ballhaus (Auguststraße 24) nos permite cenar mientras vemos un cabaré. Si se busca algo más tranquilo, Volt, al pie del canal, en Paul-Lincke-Ufer 21. Para nostálgicos de la RDA, un restaurante que es casi un museo, Osseria (Langhansstraße 103).


Recomendaciones: Ropa cómoda para andar en bicicleta y un bidón de agua para reponer fuerzas pedapoleando. El alquiler de la bici incluye el candado, que siempre hay que poner, y una cesta para llevar la mochila. 

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