4 mar. 2015

El gallinero: el poblado de los 300 niños

Este reportaje se publicó en la revista XL Semanal.





Hay en barrer sobre el barro un acto de dignidad admirable. Lo lleva a cabo María, con una vieja escoba deshilachada. Aparta los restos de basura que se mezclan con la tierra delante de su chabola y después los tira. Cuando termina, descansa con su mano en la cadera. Lleva un pañuelo en la cabeza. No hay ni un solo desperdicio frente a su casa.

Hoy cae aguanieve sobre El Gallinero. El día apenas regala un grado sobre cero y la tierra se ha hecho barro en el poblado más castigado de Madrid. Probablemente de toda España. Enclaustradas entre la autopista A-3 y la M-50 viven 94 familias en infraviviendas. Casi 500 personas. La mitad, 250, son niños. Las chabolas son de madera y lata. Ahora una tabla lisa, ahora un trozo de cartón, ahora una placa de aluminio. Parecen frágiles, improvisadas, pero están hechas con habilidad. Están bien hechas. “Cogemos el material de la basura. O madera y palos del campo. Y con ellos construimos las chabolas”, explica Leonard, uno de los vecinos del poblado. Pura supervivencia.

Ocupan 20.000 metros cuadrados. Las chabolas tienen luz gracias a unos improvisados postes que desembocan en una toma donde se acumulan conexiones y cables. Si se estropea eso, adiós a la electricidad en todo el poblado. No tienen agua. Solo una fuente a 500 metros de distancia en donde las mujeres llevan los bidones a primera hora de la mañana. No tienen baños. Un lado del poblado sirve para los hombres y el otro para las mujeres. Los niños improvisan. Cuidado por dónde se pisa.
En medio, basura. Kilos y kilos y kilos de basura. Se acumulan en los badenes naturales, grandes zanjas convertidas en vertederos que discurren entre las chabolas. Y con ellas, los gatos, perros y ratas (ratones, como les llaman los niños) que campan a sus anchas entre las chabolas. Las mordeduras a niños son habituales.

Por cierto, estamos en Madrid. A veinte minutos de la Puerta del Sol.




“Si yo fuera político y esto siguiera en pie dejaría inmediatamente la política”. Habla Jorge, voluntario de la parroquia San Carlos Borromeo de Entrevías. Acude casi a diario a ayudar a los habitantes de El Gallinero. “Llevan aquí desde el año 2000, cuando los echaron de la Cañada Real”, explica. “En este lugar se vulneran derechos humanos. Así de claro. Y nadie hace nada”.
Casi todos los habitantes de El Gallinero viven de la mendicidad. De las 94 familias solo 15 perciben la renta básica. Cruz Roja, Cáritas y la parroquia de Entrevías hacen el resto. Piden, limpian parabrisas en la glorieta de Conde de Casal o venden el periódico benéfico ‘La Farola’. Muchas veces las mujeres van a pedir con los niños en brazos. Un día soberbio es volver con 20 euros a casa. “Pero el autobús ya nos cuesta ocho”, se queja Olivia, madre de tres hijos. “A veces no nos llega para regresar”.

No están libres de pecado, claro. Sobre una pendiente pegada al poblado descansan metros de cable. Algunos vecinos se dedican al hurto de cobre. Después lo queman y lo revenden. “Cuando vemos salir humo del poblado –explica un agente de policía-, nos acercamos, porque sabemos que están quemando cable”. También hay lo que la policía llama “descuideros”. Grupos, sobre todo de mujeres, que se desplazan al centro de Madrid y allí se agencian carteras de turistas despistados. “Son hurtos sin violencia, roban a los turistas sin que se enteren”, comenta otro agente. “Pero no son especialmente conflictivos. Es un grupo dentro del poblado el que se dedican a eso”.  La policía afirma, además, que en El Gallinero no hay tráfico de drogas, algo que no puede decir el vecino sector 6 de la Cañada Real, el asentamiento chabolista más grande de Europa y punto negro de la delincuencia en Madrid. “Nos llevamos bien con ellos”, dice un vecino. “A veces traen lavadoras o electrodomésticos para que los desguacemos y nos dan 15 euros”. Jorge, el voluntario, confiesa después: “No se llevan nada bien. En realidad les tienen miedo. Hay bandas en la Cañada muy peligrosas”. Una voluntaria de la Cañada Real confirma la mala relación: “Los gitanos de la Cañada no entienden que en El Gallinero manden a las mujeres y a los niños a mendigar. Les parece indigno. Y les enfada”.

La primera generación que va al ‘cole’

El 70% de los niños de El Gallinero está escolarizado. Es el brillante resultado de una larga pelea de voluntarios como Blanca. Consiguieron dotar de papeles a todos, pelearon su escolarización y lograron que les pusieran autobuses. Ahora van a varios colegios de la zona. “Hay uno que es concertado y tiene que ir uniformados”, explica Blanca. “Un día un profesor echó a un niño de clase porque traía los zapatos llenos de barro. Creía que era una travesura. Pero por aquí es imposible caminar sin embarrarse”.

El desafío es lograr ahora que permitan escolarizar a los menores de tres años. “Todavía no les dejan. La Administración dice que no tiene sentido”, afirma Blanca. “Pero si los bebés se quedan aquí son las hermanas quienes tienen que cuidarlos. Y dejan el colegio por eso”.

Por las tardes, los voluntarios ayudan a los niños a hacer los deberes. En un habitáculo de hierro que alberga unos pupitres, un puñado de valientes, de manera completamente altruista, les ayudan a estudiar con infinita paciencia. Es la primera generación que va al colegio en el poblado. La primera que si logran mantener el interés, tendrá educación. “Tiene mucho mérito que estos niños vengan a hacer los deberes. Son niños que padecen diarreas, deshidrataciones y hasta sarna. Y aun así quieren estudiar”. La estampa lo corrobora. Con la nevada contenida por un viento helado pasa un pequeño de tres años  descalzo sobre la tierra helada. Lleva un pequeño jersey, pero en sus diminutas piernas no hay pantalones ni calzoncillos. 

Derribos

Los habitantes de El Gallinero no se llevan bien con la autoridad. “Nos pegan”, se queja Leonard. “Un día un policía pegó cuatro disparos al aire delante de mi chabola mientras me insultaba”. Jorge explica: “Hay abusos, sí. Y sabemos más o menos quiénes son los agentes que les agreden. Pero también hay policías que los tratan bien. Supongo que ocurre como en todas partes”. Desde la Policía Nacional.

Mucho del temor y el odio que los vecinos les tienen a los agentes viene de los derribos. El ayuntamiento, cada pocas semanas, derriba algunas chabolas, por ser viviendas ilegales. Les ofrecen casas alternativas, pero los habitantes de El Gallinero replican: “Me dan una casa donde no puedo pagar nada. Ni luz, ni agua, ni transporte, ni alquiler aunque sea mínimo. Yo tengo ciento cincuenta euros al mes para mi familia. ¿A qué casa me voy a ir? Si me derriban la chabola, me dejan sin nada”.


A El Gallinero sigue llegando gente. Se levantan nuevas chabolas por las que se derriban. O se meten más familiares en la misma. El caso es que ahí sigue el poblado, si acaso el rincón más pobre de Madrid. Miseria extrema a doce kilómetros del centro. Un pequeño paseo en coche que demuestra que hay más mundos en este.

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