9 jun. 2015

Los enterradores del ébola

Este reportaje fue publicado en El Español

Sólo 14 equipos de enterradores están autorizados a tocar un cadáver en Sierra Leona. Ésta es la historia de uno de esos equipos, cuyos miembros cobran muy bien pero viven con el estigma de la enfermedad.

“Nos vamos”. Samuel Caulker y el resto del equipo acaban de recibir la primera llamada del día. “A veces nos llaman enseguida, nada más llegar. Otras veces tardan algunas horas”, explica mientras se sube a un todoterreno blanco. Detrás va otro. Son el equipo de enterradores número 10 de Freetown, la capital de Sierra Leona. Su jornada acaba de empezar.

“Es un bebé de nueve meses que murió ayer”, explica Samuel botando sobre su asiento, ajeno a los baches del camino embarrado.

Sólo los equipos de enterradores están autorizados a tocar cadáveres en Sierra Leona. Así lo dicta la ley desde el verano pasado: tocar es la principal causa de contagio del ébola y tocar un muerto aumenta el riesgo en un 40%. “Recogemos dos o tres cadáveres cada día: vamos a la casa, la desinfectamos, recogemos el cuerpo y lo llevamos a enterrar. No sabemos si tiene ébola. Eso lo dirá una prueba de laboratorio con la muestra que les vamos a enviar. Pero por si acaso hay que hacer todo esto”.

Samuel Caulker tiene 35 años. Está casado y tiene dos hijas. Se hizo enterrador en mayo de 2014. “Antes trabajaba como vigilante en una empresa de seguridad pero me ofrecí voluntario para este puesto”, me dice. “Es un trabajo peligroso y muy sacrificado, pero lo hago por mi país. Al principio me daba miedo. Ahora ya no. Creo que estoy preparado para morir”.

Samuel cobra 100 euros a la semana, un buen sueldo si lo comparamos con los ocho euros a la semana que percibe el 70% de la población del país. “Puedo dar una buena vida a mi familia”, explica mientras el todoterreno entra en Grafton, un campo de desplazados de la guerra civil reconvertido en aldea. “Éste es uno de los lugares más pobres del país”. Casitas de adobe se levantan sobre el barro y sus tejados son grandes trozos de plásticos sobre los que repican goteras; los niños, descalzos sobre los charcos, se arremolinan ante los dos vehículos.

Samuel y otros dos enterradores comienzan a ponerse el EPI o Equipo de Protección Individual: el buzo blanco que los aísla de cualquier posible infección. Traje, botas, guantes, gorro, mascarilla y máscara. Una vez puesto el traje, la figura de los enterradores se dibuja impoluta en medio de un paisaje embarrado, rojizo y rural.



Samuel y el resto del equipo avanzan lentos como seres extraños, como piezas que no corresponden al lugar. Los vecinos los miran prudentes y tristes: la presencia de los hombres de blanco es sinónimo de un muerto. La humedad es sofocante. Aún más sofocante debajo del plástico del EPI.

Los enterradores avanzan entre las casitas imantando miradas. “Primero Sallu, nuestro supervisor, dirá unas palabras a la familia”, dice Samuel con una voz que suena metálica detrás de la máscara. Sallu Deen lleva gorra y gafas y se dirige a los jóvenes padres dentro de su chabola. Les da las condolencias y les explica que están allí para cumplir con una obligación legal: desinfectar la habitación del bebé y llevarse su cadáver para un entierro seguro.

La familia escucha en silencio. En la otra estancia de la casa y sobre unas telas reposa el cuerpo del niño, que se llama Hassan. Algunos vecinos se acercan a la escena.
Samuel entra en la habitación y la desinfecta con un aspersor que lleva colgado a la espalda a modo de mochila. Su compañero sujeta la cabeza del bebé, que se descuelga inerte cuando lo intentan meter en una bolsa de plástico blanco. Levantan el cadáver y lo sacan de la casa. Sólo entonces se escucha el grito quebrado de la madre.

Cuando Samuel se quita el traje, está empapado en sudor. Lo hace con un cuidado exquisito. Cada miembro del equipo se quita cuatro pares de guantes en riguroso orden mientras un compañero lo desinfecta todo. El traje lo meten en una bolsa que quemarán después.

“Cuando es un bebé, todo es más difícil. Pero es algo que ocurre casi a diario. Aquí es muy normal que se mueran niños”, dice Samuel. “Mira a tu alrededor, ¿cómo van a vivir así?”.

Sólo cuatro ambulancias

El ébola llegó a Sierra Leona desde la vecina Guinea. Ambos países están conectados a través de una carretera por la que fluyen vecinos y comerciantes. Así desembarcó el primer caso, registrado el 24 de mayo de 2014.

“Es probable que hubiera casos anteriores, pero no se llegaron a diagnosticar”, explica Stephen J. Gaojia, coordinador del Centro Nacional de Respuesta contra el Ébola (NERC). Cuando Médicos Sin Fronteras (MSF) confirmó que el ébola estaba en casa, el Gobierno pidió ayuda. No tenían nada para iniciar la lucha.

“En el país había cuatro ambulancias”, dice Gaojia. “El 40% de los sanatorios no tenían agua. Contábamos con 134 médicos. Es decir, 22 médicos por cada millón de habitantes”.

Sierra Leona es el décimo país más pobre del mundo según la ONU y no tiene infraestructuras públicas de ningún tipo. Entre 1991 y 2002 sufrió una sangrienta guerra civil entre rebeldes de la etnia temné y milicias progubernamentales de la etnia mendé. El conflicto, de enorme violencia, se caracterizó por el uso de niños soldados y por el constante tráfico de los llamados diamantes de sangre con los que se financiaban las milicias.

La guerra terminó de hundir un país ya endeble, hijo de un protectorado británico y cuya población desciende de esclavos liberados por Reino Unido. De ahí el nombre de la capital: Freetown.
En síntesis, Sierra Leona era (y es) lo que suele llamarse un estado fallido. Hasta ahora quien caía enfermo acudía al curandero local. El ébola, un virus que se contagia a través de los fluidos (incluido el sudor) no tuvo problemas para extenderse en un país tropical y sin medios. Bastaba un abrazo, un partido de fútbol, un apretón de manos.

En julio del año pasado habían muerto 224 personas.

El Gobierno lanzó entonces una campaña de prevención mediante carteles y avisos por megafonía que incluía cuatro medidas:
  • Tratar de concienciar a todo el mundo para lavarse las manos. Cientos de cubos con agua y cloro pueblan el país. 
  • Desaconsejar el contacto físico entre la gente. Así reza el primer cartel que el visitante se encuentra en el aeropuerto de Freetown a su llegada. Nadie se toca en Sierra Leona. Ya no se estrechan la mano cuando se saludan. En las misas la paz cristiana se da levantando las palmas.
  • Prohibir los rituales de los entierros. Antes del ébola las familias (mayoritariamente musulmanas) lavaban, vestían y velaban el cuerpo del difunto. Luego lo enterraban en la propia comunidad. ¿Quién tiene dinero para pagar un sepelio y para desplazarse hasta un cementerio? Ahora sólo los equipos de enterradores pueden tocar los cadáveres. Un extremo que mutila el duelo de los allegados.
  • Obligar a la familia a permanecer en cuarentena. Los familiares de los enfermos están 21 días sin salir de casa o de un centro especial.
Nadie hizo caso de las medidas. En Sierra Leona nadie hace caso al gobierno.

La gente se siguió tocando y siguió lavando los cadáveres. Se escapaban de casa para comer o trabajar si les recluían en cuarentena. “No se creían el ébola”, explica Gaojia. “Lo decía el Gobierno y por tanto tenía que ser una trampa”.

Las autoridades se vieron obligadas a cambiar de estrategia. Acudieron a los bra, los líderes de barrios, aldeas y comunidades y verdaderos jefes del país. Los vecinos responden ante ellos y a ellos acuden con cualquier problema. “Aun así los bra no nos creían. Hasta que les tocó en su comunidad no reaccionaron. Esto dio mucho margen al ébola”.

En octubre habían muerto 678 personas.

El Gobierno impuso un toque de queda y el país se llenó de check points vigilados por soldados con fusiles y termómetros. Los colegios cerraron. Miles de niños se quedaron en la calle sin nada que hacer. Sólo cuando cada vecindario fue tocado por el ébola, los bra alertaron de lo que ocurría.
Hoy los muros de Sierra Leona contienen decenas de pintadas: “El bra dice: el ébola es real. Lávate las manos. No toques a la gente”. Hoy la gente obedece y la inmensa mayoría sigue el protocolo. Si un familiar cae enfermo, llama al número gratuito 117 y una ambulancia recoge al enfermo.
La epidemia parece controlada. Según los datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se han registrado 22 casos durante el mes de mayo.

En cuarentena

“Me quedé sin amigos, eso es lo malo”, cuenta Samuel de nuevo dentro del todoterreno. “Trabajar en algo relacionado con el ébola te marca. Yo llevo un estigma”.

Cuando se hizo enterrador, los amigos de Samuel le dejaron de hablar. No quieren acercarse a él. “No me dejan entrar en las tiendas de mi barrio, tengo que ir a otros mercados. Tampoco puedo subir en el autobús. No me dejan”. Algo similar les sucede a médicos, enfermeros, técnicos, supervivientes y familiares de enfermos.

En Moa Wharf, una insalubre barriada al este de Freetown, viven 8.000 personas. Es el epicentro del ébola en la capital. Aquí es donde aparecen más casos. Las condiciones invitan: un paseo permite ver infraviviendas enredadas en laberintos de barro y descolgándose hacia el mar y aguas residuales donde los niños comparten juegos con cerdos y cabras. El calor se mezcla con el humo de las parrillas de pescado junto a una chabola rodeada por una cinta de plástico roja y blanca.

A la entrada de la vivienda, un policía duerme profundamente. “Están en cuarentena”, explica el bra o líder de la comunidad.

La familia recluida se acerca a la cinta desde dentro de la casa. Apenas les separa un metro de sus vecinos pero tienen prohibido tocarse. No debe saltar el sudor que empapa los rostros de todos.
“Mi nombre es Abu Kamara”, cuenta el padre de familia, que añade que son 15 personas las que están recluidas dentro de la chabola y que llevan 17 días allí dentro.

El policía que dormía a la entrada de la casa se despierta y empieza a escuchar mientras se coloca los pantalones. Lleva una pequeña vara de madera en la mano. “Mi hermano enfermó y se lo llevaron. No sabemos si está vivo pero nosotros no podremos salir de aquí hasta el día 21″, cuenta Abu. “Los vecinos no se acercan, no quieren estar cerca y cuando termine esto no creo que quieran volver a hablarnos”.

Algo similar le ocurre a Alimatu Mamsaray (27 años) en Portee, otro barrio marginal de la capital. “Me contagió mi madre, que murió. Pero llamé a tiempo al 117 y me salvaron”, dice la chica, que vive ahora la segunda parte. “Mi familia y yo no podemos cruzar esa zanja”.

Alimatu señala con el dedo una frontera cavada sin demasiada claridad por los vecinos y que insinúa una división. “Los vecinos no quieren que vayamos a ese lado y en la fuente sólo podemos coger agua si no hay nadie más. Lo mismo para cocinar: el lado derecho de la parrilla es el nuestro. Nadie más lo usa”. Cientos de familias en Sierra Leona sufren el mismo problema. También pequeñas aldeas o pueblos diezmados por la enfermedad. A quienes hemos charlado con Aimatu nos observan con extrañeza, con desconfianza.

El entierro del bebé

Al entierro del pequeño Hassan, de nueve meses, no ha venido nadie. Sus padres no tienen dinero para desplazarse al cementerio de Matheinkay, que se encuentra a unos 20 minutos en coche de la aldea donde residen.

La ceremonia queda despojada de cualquier solemnidad: ocurre en un rincón del cementerio. Samuel y su compañero, enfundados en el traje aislante, introducen la bolsa con el cuerpo del pequeño en una tumba cavada en la tierra. Unas rápidas paladas zanjan el protocolo. Después se alejan, se quitan el buzo y se desinfectan. Eso es todo.

No sólo mueren los niños. También sus padres. Siempre hubo muchos huérfanos en Sierra Leona por culpa de la malaria o el cólera. El ébola ha recrudecido esa realidad. Desde hace meses, organizaciones como la salesiana Don Bosco o UNICEF trabajan para poder reintegrar a esos niños.
No es una tarea fácil. Así lo demuestra el caso de Abdulai Kamara, un adolescente de 17 años que es hincha del Barça y que vivía hace unos meses con su padre, su madrastra y los cuatro hijos de ella en la aldea de Morabie, no lejos de Freetown.

El padre enfermó en septiembre y falleció unos días después. Después de la cuarentena, la madrastra, de nombre Marie, rechazó a Abdulai. “No tenía sitio para quedarse”, cuenta la propia Marie en su casa, rodeada de vecinos.

-¿Pero antes de la enfermedad ella sí tenía sitio?

-No, no. Tampoco. Dormía en casa de unos amigos, pero se mudaron. Ojalá fuera distinto, pero yo no puedo hacerme cargo.

A Abdulai lo salvó Zainab, una chica de 15 años a quien conoció en el centro de cuarentena. A ella la había acogido una vecina que se llamaba Salamatu después de perder a su madre y a cuatro hermanos y ella fue quien convenció a la señora de que también se hiciera cargo de Abdulai.

Hoy Abdulai y Zainab viven juntos en la aldea vecina de Manor Corner. “Me siento como su madre”, dice su anfitriona. “Al principio tenía miedo a contagiarme. Los primeros días Zainab estuvo vomitando y tenía fiebre. Yo tenía mucho miedo pero ella me enseñaba el certificado de superviviente de ébola y me decía: tranquila, es malaria”.

“Ahora estamos bien y yo estoy feliz de que estén aquí”, dice Salamatu sobre sus huéspedes.

Dinero fácil

El equipo de enterradores número 10 suele terminar la jornada a las tres o a las cuatro de la tarde. Regresan al centro de tratamiento y un autobús especial los lleva a cada uno a casa. “Yo nunca había ganado tanto dinero y esto me está ayudando mucho”, confiesa Samuel.

Algunas voces hablan de los efectos positivos que el ébola ha tenido en Sierra Leona. Así lo explica una cooperante que prefiere no decir su nombre: “En cierto modo, hay cosas que han mejorado gracias a la crisis del ébola. Ahora hay un sistema sanitario: hay médicos, hospitales y ambulancias. Hay un gran número de puestos de trabajo con salarios que nunca habían soñado. Hay más conciencia y educación. Quiero pensar que cuando el ébola ya no esté, esto seguirá y que habrá servido para algo”.

Es una incógnita, quizá un consuelo, pero no es suficiente. “Ahora somos el país del ébola. Estamos señalados”, dice Joseph Mattar, un empresario de la construcción local. “La débil economía del país se ha desmoronado por el ébola: nadie quiere invertir ni venir aquí. Tengo decenas de proyectos parados porque los ingenieros y obreros de fuera no quieren venir. Dicen que sí a todo y cuando se enteran de que es Sierra Leona, hasta luego”.

El país vive aislado. Casi todas las aerolíneas que iban a Europa han cancelado sus vuelos. El escaso turismo que comenzaba a asomar después de la guerra civil se ha evaporado. “Hasta los chinos tienen dudas y eso es muy mala señal”, añade Joseph entre risas.

La onda expansiva del ébola se empieza a ver ahora que el virus remite. Son daños sociales, políticos y económicos que se alimentan de una ilusión falsa: que el problema ya se ha superado después de casi 4.000 muertos.

“Lo difícil de verdad llegará cuando todos os vayáis”, dice Samuel Caulker. Luego se despide sin dar la mano y se sube al autobús. Mañana a las nueve volverá al trabajo.

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