11 feb. 2016

Viaje al corazón del ébola

Este reportaje fue publicado en la revista mexicana Gatopardo, con fotografías de Alfons Rodríguez. 




El primero en enfermar en la aldea fue Mohamed Kamara, el hermano de Sullo Kamara, que entonces tenía veinte años. Terminaba julio de 2 014, el mes en el que el sudor empapa a los vecinos, pero Mohamed le dijo a Sullo bajo el sol, mientras regresaban de la cosecha, que tenía frío. Al día siguiente se quedó en su cabaña y se pasó la noche vomitando. Después comenzó a defecar sangre. Sullo y el resto de sus hermanos, asustados, trataron de ayudarlo. Le dieron algunas hierbas y —siguiendo sus creencias— sacrificaron varios animales, pero al cabo de cuatro días Mohamed murió. Era el 1 de agosto. Ese mismo día los padres de Alhasagna, que vivían en la cabaña del al lado, empezaron a sentirse mal. Dolor de cabeza y, otra vez, frío. Después, hicieron el mismo recorrido que Mohamed… hasta el final. La hermana de Seto fue la siguiente. Además de malestar y frío le costaba enfocar la vista. Decidió quedarse en su cabaña y la encontraron muerta en un rincón. Murió el mismo día que el hijo de Fullah, de 12 años, que llevaba también varios días sin poder comer y con un insoportable dolor en todo el cuerpo. Un día después le tocó al marido de Isatu, una joven vecina de 21 años. El hijo de ambos acababa de nacer y su padre apenas pudo disfrutarlo. Días después de los primeros dolores, murió.
 

La aldea se llama Kombrabai. Es un pequeño claro en el bosque, con suelo de tierra y media docena de grandes cabañas de adobe con techo de paja compartidas por varias familias. Está a dos horas por carretera de Freetown, la capital de Sierra Leona. Para llegar a ella hay que superar un sendero lleno de baches, charcos y barro rojizo. Cuando por fin se alcanza Kombrabai, el silencio lo envuelve todo, a veces alterado por los gritos de los niños jugando descalzos sobre la tierra. La espesura del bosque marca los límites de la aldea, como si fuera un territorio sin explorar amenazado por el mundo exterior, desconocido. Los niños de Kombrabai no conocen nada más allá de sus cabañas. 

La aldea llegó a la segunda semana de agosto de 2 014 con el contador de muertes fuera de control, enloquecido. Varios hermanos de Fullah, los padres y cinco hermanos de Musa: todos muertos. El mes entró en su recta final con días en los que morían hasta tres vecinos. La familia Sissey completa desapareció. 

Nadie sabía el porqué de todas esas muertes. Hasta que Almamy Sesay, el líder de la aldea, en una reunión de urgencia celebrada al anochecer, lo explicó: Kombrabai, el pequeño asentamiento de 300 vecinos aislado en el corazón del bosque, había recibido la visita de una bruja. Ella era la que causaba las muertes. 

Tras el anuncio comenzó un frenético calendario de sacrificios animales, danzas y rituales. Lo más importante era permanecer unidos para ahuyentar a la bruja. Muchas familias decidieron juntarse en cabañas para combatir el miedo. Pero a principios de septiembre eran más de cincuenta los muertos. 

Me convencí de que íbamos a morir todos. Que era el final. Estaba muy triste —dice Sullo, hermano de Mohamed Kamara, el primer fallecido. 
Kombrabai afrontaba su apocalipsis. Nada estaba dando resultado ante la bruja.

14 ene. 2016

'Omertà' antes del 20D en el barrio de la droga

Este texto fue publicado en El Español y forma parte de una serie de reportajes sobre los barrios más castigados de España.

Nadie quiere hablar en Son Banya. Hay una especie de acuerdo en el poblado. Ni la Asociación Gitana Los Churumbeles; ni el patriarca Juan Amaya; ni el 'presidente' del asentamiento; ni los vecinos. Todo es silencio en Son Banya.

No iba a ser así. Días antes de visitar este poblado a las afueras de Palma, una portavoz de Los Churumbeles aseguraba por teléfono, rozando el entusiasmo, que sin ningún problema se podía visitar el asentamiento para denunciar, mediante un reportaje, las nefastas condiciones de vida de sus habitantes. Los Churumbeles es una asociación de mujeres gitanas que se han erigido en los últimos meses como portavoces de los problemas sociales del lugar. Días después , en una segunda llamada telefónica y a punto de aterrizar en Mallorca, el mensaje cambia:

-No vamos a hablar.

-¿Por qué? ¿No queréis que se conozca la situación del poblado?

-Sí, pero más adelante. Ahora no vamos a hablar.

-¿Más adelante cuándo?

-Después de las elecciones. No vamos a hablar hasta después de las elecciones.

En la entrada del poblado, un operativo de la Policía Nacional realiza controles a los vehículos que acceden y abandonan el lugar. “No entramos. No por nada ¿eh?, pero si entramos se puede montar follón, y no tiene sentido”, dice un agente. Así que se quedan a las puertas, a unos 50 metros de las primeras barracas, donde se divisa a adolescentes sentados y niños jugando entre desperdicios.

Las miradas se levantan y los curiosos se acercan cuando nos aproximamos a las casas. Otros, en cambio, se esfuman en segundos. Se impone aclarar nuestro estatus: “No somos policías, venimos a escribir sobre las malas condiciones que padece Son Banya”. El primer vecino responde: “Yo me dedico a la chatarra ¿eh?”, y sube las manos, con un gesto de 'a mí que me registren'. Después preguntamos por Juan Amaya, elegido patriarca el pasado mes de abril en sustitución de Gabriel Cortés Radó 'El Pelón'. A Amaya le llaman “el alcalde” y un niño con una camiseta raída del Real Madrid sale corriendo en su busca, tras obedecer una orden acompasada con una colleja. El alcalde hace aparición. Alrededor ya son 30 o 40 los curiosos arremolinados.


5 ene. 2016

Atrapados sin agua ni luz a 12 kilómetros de la Puerta del Sol

Este reportaje sobre La Cañada Real (Madrid) fue publicado en El Español y forma parte de una serie de reportajes sobre los barrios más marginales de España.

Mercedes apoya su mano arrugada en la barbilla con gesto de concentración. Está calculando su edad. "83, creo", dice por fin. Es menuda y se apoya en un bastón que también usa para gesticular y señalar.

Avanza despacio por el suelo de tierra hasta su casa mientras explica que nadie se preocupa por esta zona de la ciudad. Vive en la parte final de la Cañada Real, donde el sector VI muere dejando Vallecas y rozando el municipio de Getafe.

Aquí hay menos casas que en otros sectores de esta vía pecuaria. Son las últimas del asentamiento y se levantaron de cualquier forma en medio de una explanada polvorienta que limita con el vertedero de Valdemingómez. Es la parte más aislada de la Cañada: no hay asfalto, no hay servicios de luz o agua, no hay transporte público y no hay nada que se parezca a un parque o a un espacio donde jugar. Sólo la explanada con el ruido constante de los camiones que descargan en el vertedero vecino.

Las casas están rodeadas de desperdicios, con muros de ladrillo a la vista y cortinas viejas. Los juguetes de niños se mezclan con chatarra y barro y hay perros famélicos que ladran al infinito. Estamos a 12 kilómetros de la Puerta del Sol.

"Llevo aquí 18 años", dice Mercedes, que nunca ha salido desde que llegó.

–¿Nunca has ido a la ciudad?

–No, nunca.

–¿Al médico o a comprar algo?

–Llevo 18 años sin salir de la Cañada. No sé cómo es Madrid ahora ni qué cosas hay fuera de aquí. Si necesito ayuda, viene el médico. Mi hija me hace la compra y mi nieto me ayuda en lo que necesito. Yo no salgo para nada.

Aunque quisiera, Mercedes no tendría fácil salir. Sin accesos ni servicios ni comunicación con el resto de Madrid, no son pocos los ancianos y niños que no conocen otra cosa que no sea este asentamiento chabolista.


4 ene. 2016

El Príncipe: españoles invisibles

Este reportaje sobre el barrio de El Príncipe (Ceuta) fue publicado en El Español, y forma parte de una serie de reportajes sobre los barrios más castigados de España

El bisabuelo de Fátima Ahmed Abdekri perdió un ojo en la Guerra Civil. "Luchó por España, por su país", cuenta sentada en una silla de plástico, con expresión seria y un pañuelo cubriendo su cabeza.

Su tatarabuelo era de Ceuta. También su bisabuelo, su abuelo, su padre y su hijo. "Nací y crecí en el barrio de El Príncipe y me siento ceutí y española. Toda mi familia lo es". La particularidad de Fátima como la de muchos españoles de Ceuta (y de Melilla) es étnica (es magrebí) y religiosa (es musulmana). Dos factores que a tenor de su historia la convierten en una española de segunda. En la Península está claro. O al menos ha estado claro durante muchos años: los españoles son católicos, blancos y hablan castellano (además de cualquier lengua peninsular). En Ceuta la cosa no es tan sencilla. Hay españoles que son musulmanes, magrebíes y que además de castellano hablan dariya, una variante magrebí del árabe que en Ceuta se convierte en un dialecto salpicado de palabras y expresiones españolas. Son españoles que se salen de lo establecido. Por eso, durante décadas, estuvieron al margen de la oficialidad: sus familias llevan en Ceuta desde que la ciudad es española, pero su estatus legal estaba en suspenso.

En los años 80 el Gobierno de Felipe González decidió regularizar su situación y dotarlos de DNI. El problema fue que algunos vecinos ignoraron el papeleo y mantuvieron su estatus de ciudadanos invisibles. Los perjudicados fueron sus hijos. Hijos como Fátima, que hoy tiene 53 años y desciende de españoles hasta donde su memoria alcanza pero no tiene nacionalidad. En su poder, sólo tiene un permiso de residencia que caducará dentro de unos meses. Una inaudita situación que la llevó incluso a dormir en la calle. Fátima enviudó de un marroquí en 1994. Diez años después, se casó con un español con el que tuvo una hija. Solicitó que fuera regularizada su situación cuando el marido empezó a maltratarla. Fátima acudió a una casa de acogida pero después de 45 días le dijeron que tenía que irse: era el límite para extranjeros.


7 dic. 2015

Las Tres Mil: vivir con el estigma

Este reportaje fue publicado, con fotos, mapas y vídeo, en El Español.

El vicario sevillano Francisco Vázquez Adorna concluyó en 1981 que los 100 años de presencia salesiana en Andalucía no podían festejarse sólo con un toque de campanas. Se reunió con el arzobispo José María Bueno Monreal y le pidió crear dos nuevas misiones salesianas.

El arzobispo accedió y le comunicó los dos lugares en los que se ubicarían las misiones. Tenían que ser lugares de necesidad extrema, con carencias sociales y económicas muy urgentes. El primero fue Togo, un país situado en África occidental. El segundo, la barriada de las Tres Mil Viviendas, en el sur de Sevilla. “Os necesito en las Tres Mil, irse para allá”, dijo el arzobispo. Y allá se fueron.

En su despacho de la parroquia de Jesús Obrero y recostado sobre el respaldo de su silla, Francisco Sánchez rememora aquella decisión ya sin asombro. “Entonces nos preguntábamos: ¿qué está pasando en ese barrio para que se necesite una misión con la misma urgencia que en Togo?” En realidad, la pregunta puede simplificarse: ¿qué tiene que suceder en un barrio de una ciudad de Europa para que se precise con urgencia una misión?

La duda razonable

En el centro social El Esqueleto, ubicado en el corazón del barrio de las Tres Mil Viviendas, este miércoles hay mucha gente. No es algo que suceda con frecuencia. Cae una lluvia fina que no alivia el calor.

Casi todos los presentes son jóvenes. Trabajadores sociales y profesores que durante este curso trabajarán en la barriada. Les han reunido para celebrar lo que aquí se conoce como una "Recogymkana": es decir, un recorrido anual por el barrio para que se familiaricen con la zona antes de arrancar el curso. “En realidad”, susurra sonriendo un profesor, “lo hacen para que perdamos el miedo”.

Maestros y trabajadores esperan charlando en la cancha de baloncesto. Frente a ellos, la prensa y algunos políticos locales. Un poco más alejados, algunos vecinos curiosos y el guardia de seguridad del centro.

Toma la palabra María del Mar González, directora del Comisionado del Polígono Sur. “De este barrio se cuentan muchas cosas, hay un imaginario en toda España de este lugar que siempre sale en los medios por lo mismo. Pero éste es un barrio hospitalario y vais a poder comprobarlo”. El discurso sigue y con la voz de la comisionada de fondo el guardia de seguridad se acerca a un fotoperiodista e intenta ser diplomático. “Ya sabes que aquí hay zonas en las que podéis sacar la cámara y otras que no, ¿no? Pues eso”.

Cuando el recorrido arranca, el confuso paralelismo vuelve a presentarse a las puertas de Las Vegas, el punto más conflictivo y marginal del barrio. Mientras un trabajador social que ejerce de guía expresa, voz en cuello, que “no hay nada que temer” y que “este barrio sufre un estigma”, el primer vecino que nos cruzamos pregunta desconcertado: “¿Pero qué hacéis aquí?”.

La duda es razonable. ¿Estamos en el barrio más peligroso de España o estamos en el barrio más estigmatizado de España?


18 nov. 2015

Una noche en la ciudad más violenta del mundo

Este reportaje fue publicado en El Español

Los rankings de homicidios se empeñan en situarla líder año tras año. Van cuatro seguidos y la fama de ciudad más violenta del mundo se ha enquistado ya en la segunda urbe de Honduras. Ejercer como periodista de sucesos en semejante paisaje es profesión de riesgo. Recorremos unas calles infestadas de pandilleros y maras de la mano de un reportero local. Este es el relato en cuatro actos de una noche en San Pedro Sula.

Preámbulo

A Álex tuvieron la gentileza de dejarle escoger la bala que iba entrar en su cuerpo. Caminaba rumbo a casa de una amiga cuando lo rodearon cinco chavales que rebasaban lo justo los 20 años. Le preguntaron quién era y qué hacía allí. Álex les explicó –lo intentó- que antes era vecino de aquella colonia. Dijo que se había mudado y que ahora estaba visitando a una amiga. No le creyeron. Pensaban aquellos chicos que Álex pertenecía a una pandilla vecina y que estaba allí espiando, rastreando información. Entonces le plantearon lo de la bala y Álex asumió que iba a morir como lo asumen decenas de personas cada día en San Pedro Sula, que es la segunda ciudad de Honduras.

El giro en el guion llegó cuando los pandilleros le ofrecieron a Álex salvar la vida a cambio trabajar para ellos: le dejaban marchar si les llevaba información sobre la pandilla de su barrio. Aceptó y estuvo varios días informando hasta que la tensión lo aplastó y decidió huir de la ciudad. Permaneció meses fuera, en un pueblecito donde tenía familia. No regresó hasta que el miedo le dio un respiro. Desde aquel día Álex sabe –como lo saben todos en San Pedro Sula- que si no es tu barrio, no debes entrar. Si lo haces, puedes morir. Así son las cosas en la ciudad más violenta del mundo.

Acto I. La habitación del hotel.

Orlin Castro, periodista local, lleva diez años de los 27 que tiene informando sobre los asesinatos que se suceden en San Pedro Sula. Con él es la cita en el vestíbulo de un hotel. En cuanto la conversación coge ritmo pide subir a una habitación. No puede hablar si no tiene la garantía de que nadie está escuchando. Cualquiera puede pertenecer a una pandilla: ser conocido o colaborador o familiar. Los tentáculos de las maras llegan a todos los rincones de la ciudad. Una recepcionista, un camarero, un señor que pasa por ahí. “Todo el mundo es amigo, hermano, cuñado, empleado… Son como una tela de araña”.


3 nov. 2015

Viaje a la isla olvidada de Kunta Kinteh

Este reportaje fue publicado en El Español

En la isla de Janjabureh, un selvático islote que bifurca el curso del río Gambia, todavía hay grilletes y cadenas por el suelo. Están tiradas, abandonadas desde hace siglos, cuando servían para inmovilizar a los esclavos más rebeldes.

Ocurre en lugares así, países que no reciben atención ni cuidado: preservar los restos de su historia es un lujo inaccesible para quienes sufren para alimentar a su población o para evitar que la malaria se extienda. Por eso las cadenas y grilletes yacen al azar, en lugar de descansar en la vitrina de un museo. Por eso también el visitante puede recogerlo, tocarlo y hasta ponerse unas esposas que no hace tanto rompían las muñecas de cualquier joven gambiano que se resistiera a ser enviado al Nuevo Mundo.

Es una de las particularidades de recorrer la historia de Gambia: está descuidada, casi abandonada, y por eso es cercana y accesible. Gambia es, por momentos, un viaje en el tiempo. Uno de los tiempos más complicados de recordar.

Gambia es la mejor opción para conocer el África occidental: una zona apasionante, colorida y descuidada del continente que alberga países como Senegal, Guinea, Sierra Leona o Costa de Marfil y que se caracterizó, entre otras cosas, por el envío de millones de esclavos a América. Es la mejor opción porque es un país pequeño donde se habla inglés y donde no hay problemas de seguridad. Un valor al alza entre los viajeros del siglo XXI en un continente lleno de focos violentos.

Uno de los eslóganes del país es 'Gambia, no problem'. Los gambianos lo han adaptado al castellano en una traducción libre: “Gambia no pasa nada”. Se repite la frase como un mantra: cada vez que el visitante hispano se cruza con un local, resuena el 'Gambia no pasa nada', que resulta una revelador llamada a la tranquilidad. El país es seguro y la tasa de incidentes relacionados con turistas es casi nula. Una realidad que permite recorrer el país y disfrutarlo con dedicación.


17 jun. 2015

¿Eres judío?




Existe un definido catálogo de reacciones cuando un español medio conoce en persona a un judío. Es un acontecimiento extraordinario, un hecho que se repite contadas veces a lo largo de la existencia de un español. Los hay, incluso, que jamás llegarán a experimentar este trance. Su vida discurrirá con una idea vaga y lejana de que, efectivamente, allá lejos, en algún lugar inhóspito y frío, hay judíos. Los que sí alcanzan a mirarles a los ojos e incluso a tocarlos, suelen reaccionar bajo varios estándares reconocibles. Lo saben Elías, David, María y otros españoles judíos que reconstruyen amablemente la escena para este texto


-¿Eres judío?

a) Ah, yo tengo un amigo judío.
b) Ah, me gusta mucho la cultura judía.
c) Ah, yo desciendo de judíos.
d) Ah, qué suerte, mucha pasta tenéis los judíos.
e) Joder, estáis masacrando a los palestinos.
f) Ah, ¿y qué te parece lo de que hayan levantado un muro?
g) ¿Cómo que judío? ¿Pero naciste en Madrid? ¿Y eres judío?

La opción ‘a’ es, probablemente, la peor reacción posible. “Tengo UN amigo judío”. Así es, conozco uno de tu especie. Soy cosmopolita, estoy preparado para cualquier escenario que me propongas. Ya conocí uno como tú antes, no intentes sorprenderme con tu judaísmo. Se salva porque, como la ‘b’ y la ‘c’, intenta crear buen clima. Huye de la confrontación, al contrario de lo que hacen la ‘d’, la ‘e’ y la ‘f’: el dinero y el conflicto de conflictos son la conexión que el motor mental de un español medio arranca en su cerebro cuando escucha la palabra ‘judío’.

Del momento en el que un incauto español conoce cara a cara un judío debe destacarse los primeros segundos de reacción: un silencio incómodo, un cambio rápido de postura en el sillón, si acaso un gesto con la mano imperceptible al ojo humano. El español se tiende a incomodar cuando se sitúa ante un judío, no por temor o rechazo, sino por puro desconocimiento. Está ante un ser nuevo, del que ha oído hablar, sobre el que –tal vez- haya leído algo, pero no está muy seguro de cuál es el siguiente paso a dar. Como cuando alguien de estética y maneras varoniles descarga con aplomo en plena conversación que es gay. La naturalidad de la afirmación rebota en la respuesta, la cual, incapaz de sostener el peso de la normalidad, muta en teatrillo de gestos y posturas. Son solo unos segundos, hasta que la mente retoma el control. Se llama falta de costumbre, desconocimiento si lo prefieren. Y se sintetiza en la respuesta ‘g’: la mayor parte de la población en España todavía se sigue preguntando qué es exactamente un judío. [...]



Esto es un fragmento del reportaje publicado en la número 11 de la revista Jot Down. Puedes adquirirla en cualquiera de estas librerías (incluida Fnac) o pedirla por internet

12 jun. 2015

Una barrera imposible

Este reportaje fue publicado en la revista Gatopardo



-Si tardas más de cinco minutos en saltar, no saltas.

Doce veces lo intentó Sare Abdallah, nacido en Costa de Marfil hace 25 años, antes de lograrlo. No es fácil: la valla que rodea Melilla no perdona ni un rincón. No concede ni una grieta. En realidad son tres vallas, consecutivas, con sensores eléctricos de movimiento y ruido, cámaras, mallas que impiden meter los dedos para trepar y, en algunos tramos, una alambrada con cuchillas. El perímetro cuasi militar rodea la ciudad autónoma de Melilla, un territorio que pertenece a España pero que está situado en el norte de Marruecos, a pocos kilómetros de la frontera con Argelia. La ubicación convierte a la ciudad en la puerta de entrada a Europa para los miles de jóvenes subsaharianos que, cada año, intentan colarse y alcanzar el que, les han dicho, es el paraíso. La frontera sur del viejo continente mide seis metros de altura y tiene doce kilómetros de perímetro. A un lado vigila la gendarmería marroquí. Al otro, las autoridades españolas. No es fácil saltar. Si lo piensas más de cinco minutos, no saltas. 

-En mi primer intento fuimos un grupo de unos treinta.

Abdallah señala hacia la valla, a unos metros de donde habla. Lleva unos días en el Centro de Estancia Temporal para Inmigrantes (CETI) de Melilla, a la espera de ser trasladado a Madrid.

-Llegamos de noche y empezamos todos a escalar, usando unos ganchos en las manos y con dos clavos en cada zapato para ir subiendo. La policía marroquí nos vio y empezó a lanzarnos piedras. Al chico que tenía al lado le dieron en un ojo y cayó al suelo como un muñeco. La Cruz Roja lo llevó luego al hospital y no sé si perdió el ojo. Creo que sí. Esa noche tuvimos que bajar y volver corriendo al monte. No lo conseguimos.

En el segundo intento, Abdallah llegó a superar la valla.

-Conseguí saltar a suelo español, pero estaba la Guardia Civil -el cuerpo de seguridad pública español que, entre otras cosas, vigila el tránsito fronterizo- y me cogieron. Intenté esquivar a tres o cuatro, corriendo, como en el rugby, pero el último me agarró. Yo le dije ‘por favor, déjame pasar, mi padre murió, tengo cinco hermanos, vengo a buscar trabajo….’. Eso que le dije era todo verdad, pero él solo me dijo: ‘no’. Le supliqué, y nada. Lo que pasa es que creo que no hablaba inglés.

Aquella noche, cuando estuvo más cerca del paraíso que nunca antes, lo devolvieron a Marruecos a través de una de las puertas que hay en la valla. Sin explicaciones, sin papeleo. Sin legalidad.
-El día que lo conseguí fue una mañana que nos juntamos 300. Aparecimos todos corriendo, de noche, y empezamos a trepar. La Guardia Civil española tardó cinco minutos en llegar porque tenía un cambio de turno, y así pudimos saltar varios. De esos 300 logramos pasar a España 103. Yo fui de los primeros. Estaba arriba de la última valla y desde ahí vi cómo llegaban tres coches de la Guardia Civil. Venían muy rápido así que no pensé: me solté de los ganchos y me dejé caer al suelo. Seis metros. Luego empecé a correr y vi que nadie me perseguía. Vi que estaba en España, por fin, después de tanto tiempo y sufrimiento.

-¿Y ahora?

-Ahora me quiero ir a otro país. Aquí, en España, no hay trabajo.

***

África y Europa amagan con tocarse. Como el inicio de un beso. Las separa una manga de agua de 14,4 kilómetros llamada Estrecho de Gibraltar que impide que el extremo norte de Marruecos se una con la punta sur de España. Desde Tarifa, la localidad más meridional de la Península Ibérica, se ve con nitidez la costa marroquí. Ahí está Ceuta, una de las dos ciudades autónomas españolas situadas en Marruecos. La otra es Melilla, más alejada del Estrecho y rodeada por una valla que consolida la separación de dos mundos. La de Marruecos-España es la frontera más desigual del mundo. Si el PIB per cápita de Estados Unidos multiplica por seis el de México,  la diferencia entre España y Marruecos es de 15 puntos.

9 jun. 2015

Los enterradores del ébola

Este reportaje fue publicado en El Español

Sólo 14 equipos de enterradores están autorizados a tocar un cadáver en Sierra Leona. Ésta es la historia de uno de esos equipos, cuyos miembros cobran muy bien pero viven con el estigma de la enfermedad.

“Nos vamos”. Samuel Caulker y el resto del equipo acaban de recibir la primera llamada del día. “A veces nos llaman enseguida, nada más llegar. Otras veces tardan algunas horas”, explica mientras se sube a un todoterreno blanco. Detrás va otro. Son el equipo de enterradores número 10 de Freetown, la capital de Sierra Leona. Su jornada acaba de empezar.

“Es un bebé de nueve meses que murió ayer”, explica Samuel botando sobre su asiento, ajeno a los baches del camino embarrado.

Sólo los equipos de enterradores están autorizados a tocar cadáveres en Sierra Leona. Así lo dicta la ley desde el verano pasado: tocar es la principal causa de contagio del ébola y tocar un muerto aumenta el riesgo en un 40%. “Recogemos dos o tres cadáveres cada día: vamos a la casa, la desinfectamos, recogemos el cuerpo y lo llevamos a enterrar. No sabemos si tiene ébola. Eso lo dirá una prueba de laboratorio con la muestra que les vamos a enviar. Pero por si acaso hay que hacer todo esto”.

Samuel Caulker tiene 35 años. Está casado y tiene dos hijas. Se hizo enterrador en mayo de 2014. “Antes trabajaba como vigilante en una empresa de seguridad pero me ofrecí voluntario para este puesto”, me dice. “Es un trabajo peligroso y muy sacrificado, pero lo hago por mi país. Al principio me daba miedo. Ahora ya no. Creo que estoy preparado para morir”.

Samuel cobra 100 euros a la semana, un buen sueldo si lo comparamos con los ocho euros a la semana que percibe el 70% de la población del país. “Puedo dar una buena vida a mi familia”, explica mientras el todoterreno entra en Grafton, un campo de desplazados de la guerra civil reconvertido en aldea. “Éste es uno de los lugares más pobres del país”. Casitas de adobe se levantan sobre el barro y sus tejados son grandes trozos de plásticos sobre los que repican goteras; los niños, descalzos sobre los charcos, se arremolinan ante los dos vehículos.

Samuel y otros dos enterradores comienzan a ponerse el EPI o Equipo de Protección Individual: el buzo blanco que los aísla de cualquier posible infección. Traje, botas, guantes, gorro, mascarilla y máscara. Una vez puesto el traje, la figura de los enterradores se dibuja impoluta en medio de un paisaje embarrado, rojizo y rural.

1 jun. 2015

África: la vida después del ébola

Este reportaje se publicó en el suplemento Extra de La Voz de Galicia


Mustapha, de pie en la parte trasera de un centro donde cuidan a niños en cuarentena sospechosos de padecer ébola, duda ante una pregunta que a priori debería tener respuesta meridiana: “¿cuándo lo pasaste peor, durante el ébola o tras haber sobrevivido a él?” Finalmente, después de pensar unos segundos largos, habla: “Lo pasé peor después”. Mustapha se refiere al estigma. A las consecuencias del ébola más allá de los fallecidos. Toda una onda expansiva que ya no sale en los telediarios ni ocupa portadas pero que a países como Sierra Leona les está haciendo tanto o más daño que el propio virus: daños sociales, psicológicos, políticos y económicos. El ébola está dejando una silenciosa y envenenada herencia de la que nadie habla.

Mustapha Kallom tiene 27 años y es de Freetown, la capital de Sierra Leona. Hasta septiembre del año pasado trabajaba como comercial en una empresa del país. Ese mes su suegra, médico, enfermó de ébola. Acabó muriendo y en su convalecencia contagió a Mustapha. “En realidad casi toda la familia nos infectamos. Mi hija murió y también mis ocho hermanos. Yo sobreviví”. Y su logro tuvo el rechazo como respuesta. Cuando Mustapha regresó a casa se encontró con que los vecinos no le hablaban. Tampoco sus amigos. “Ni siquiera los más cercanos. También me despidieron del trabajo. Me quedé solo y hundido. Lo pasé muy mal”.

27 may. 2015

Saltar a Europa

Esta crónica fue escrita para el periódico argentino La Nación









El padre de Hamza es militar. Su madre, enfermera. Es el tercero de cuatro hermanos. Son de Tánger, ciudad al norte de Marruecos, en la costa que se enfrenta al sur de España, apenas alejadas ambas por un estrecho brazo de mar que sirve de frontera: la más desigual del mundo; la que separa África de Europa. La familia de Hamza es de clase media. Subsisten sin mayores problemas y el padre le dijo a Hamza que cuando cumpla 16 años podrá entrar en el ejército y labrarse un futuro prevenido de sustos económicos. Pero el chico, que ahora tiene 13 años, se fue de casa hace cinco meses. Tomó un bolso y se marchó con unos amigos haciendo dedo hasta Melilla, una de las dos ciudades españolas que hay en territorio marroquí (la otra es Ceuta). Se fue porque le contaron que en Europa le espera una vida mucha mejor que la planeada por su padre. "Yo no quiero ser militar. Quiero vivir en España y tener dinero y una buena casa", cuenta con su voz todavía sin cambiar. Con su tez sin asomo de la adolescencia. La ropa sucia, la cara manchada. Como un niño travieso. Lleva seis meses viviendo entre las rocas del puerto melillense. A él y a los otros cientos de chicos que subsisten en las calles de la ciudad les llaman menas, iniciales de Menores No Acompañados. Llegan solos y solos intentan colarse cada madrugada en el ferry que une Melilla con la ciudad andaluza de Málaga, ya en suelo europeo. "Varios amigos lo han conseguido. Me están esperando allí. Tengo que conseguir entrar esta noche, me escondo en algún agujero en el barco y bajo en Málaga." El puerto está lleno de policías por la noche. Vigilan a los niños aspirantes a polizones. Algunos lo intentan nadando, otros descolgándose por un cabo, otros encajándose en los motores. Todo con tal de llegar a Europa. "Esta noche será mi último intento -cuenta Hamza en un descampado de Melilla, donde charlamos-. Lo he intentado cinco veces, si no lo consigo hoy, regreso a casa. Estoy un poco cansado de vivir en la calle." "¿Tus padres saben que estás aquí?" "Sí. Cuando hablo con mi madre llora. Y me pide que vuelva. Pero hay otros padres que traen en auto aquí a los niños. Los dejan en la frontera y les desean suerte para colarse en el barco. No sé por qué hacen eso. La vida aquí es mala, dormimos en mantas en el puerto y los niños se pegan entre ellos y fuman hachís. Es mala vida." La de Hamza -que se perdió en la noche melillense sin desvelar el final de su aventura- es sólo una historia. Una de las miles que se pueden encontrar en el Mediterráneo, el lugar donde Europa está a un paso por el que vale la pena arriesgar todo.


26 mar. 2015

ISIS: Testimonios del horror

Este reportaje fue publicado en la revista XL Semanal





Lo primero que ve Amira cada mañana al salir de su caravana es Siria. A escasos kilómetros, frente al asentamiento libanés de refugiados en el que vive, se yerguen las montañas que conforman la frontera entre el Líbano y Siria. «No puedo describir lo que siento al mirar. Eso de ahí es Siria, mi casa, pero no puedo ir. No puedo acercarme. En realidad estoy lejísimos». 
Amira vive en el asentamiento de Majdaloun, en el valle de Bekaa, la región más pobre del Líbano y que como el resto del país acoge un océano de tiendas de campaña y caravanas donde, según el Gobierno libanés, viven 1,2 millones de refugiados sirios. Esta mañana, las montañas se exhiben nevadas ante Amira. Y convulsas. Aviones y helicópteros militares vuelan sobre el asentamiento con rumbo a la frontera. Allí, desde hace semanas, la milicia Hizbulá y el Ejército libanés luchan juntos contra el nuevo y temido enemigo: el autodenominado Estado Islámico, más conocido como ISIS. Ese mismo día, la portada del periódico libanés Daily Star recoge las palabras del líder de la organización: «Queremos crear un nuevo califato en el Líbano». Los yihadistas de los que todo el mundo habla, que ya controlan la zona norte de Irak y el este de Siria, ya tienen nuevo objetivo. Y sigue expandiéndose.

18 mar. 2015

Odio eterno al fútbol moderno

Esto es el comienzo de mi artículo sobre el fútbol actual en la número 10 de Jot Down. Puedes comprarla aquí o encargar que te la envíen por el mismo precio.





El fútbol, tal y como siempre lo hemos conocido, terminó en 1994. En concreto en el verano de aquel año, cuando se disputó el Mundial de Estados Unidos. Ocurrió en el acontecimiento cuatrienal algo insólito: Nike hizo un anuncio sobre balompié protagonizado por la selección de Brasil. Después vendrían  muchos más, pero aquel fue el primero y recuerdo que mi todavía esponjoso cerebro preadolescente pensó: “¿Nike? ¿Un anuncio de fútbol? ¿Pero estos no son de baloncesto?”. Y lo eran. A la multinacional yanqui se la soplaba aquel deporte de la vieja Europa en el que los clubes no eran franquicias, las ligas no eran negocios privados y las televisiones retransmitían un partido a la semana sin anuncios que interrumpieran el juego y con espectadores separados en gradas para evitar una vistosa batalla campal. En fin, que aquel juego que se multiplicaba por las calles de niños con rodillas ensangrentadas no daba pasta. Pero cuando el soccer llegó a la tierra de la libertad Nike abrió los ojos: miles, millones de personas salidas de sabe dios dónde estaban deteniendo sus vidas por ver aquel deporte lento y en el que era posible terminar con empate. Y dijeron, “¡Epa!, un momento”.

Y ahí terminó todo.

Se formó paulatino un tsunami de anuncios en los que Eric Cantona se levantaba el cuello de la camiseta y decía ‘au revoir’. El merchandising, despacio pero firme, lo inundaría todo: el fútbol se empezó a comercializar como nunca antes y arrancó una lenta mutación que destrozó su esencia. De deporte a producto sin que nos diéramos cuenta. No solo Nike, claro. Decenas de empresas se unieron a la orgía y comenzaron a “abrir mercado”, sobre todo en China y Oriente Medio. Sin duda un puñado de tipos se hicieron millonarios –y se siguen haciendo- descubriendo este filón, pero lo que es al hincha de a pie la metamorfosis lo noqueó. Y en ese estado de shock seguimos, desesperados por reconocer el que un día fue un deporte sin deformar. Locos por recuperar su esencia sepultada bajo montañas de dólares y euros.


Cuando quisimos reaccionar los equipos habían decidido que los jugadores llevasen los números que quisieran, en lugar del 1 al 11 de toda la vida, necesario para recitar las alineaciones de memoria en el bar. Descubrimos con horror a peloteros con el 58, el 99 o a imbéciles que, si el 9 estaba ocupado, se ponían en la espalda 1+8. Delanteros con el 2, defensas con el 33, mediocentros con el 19… Inexplicable. La faena la completaron poniendo el nombre encima del número. Y claro, eso en España se tradujo en una colección de horteradas que ensuciaron cientos de camisetas, estilo Guti Haz, que decidió ponerse las iniciales de sus hijos, o el francés Julien Escudé, que se puso en el dorsal SQD. Sin comentarios. Toda esta crítica, por cierto, vale para aquellos dorsales legibles, ya que algunas innovadoras grafías ‘cool’ se olvidaron de que los jugadores llevan un numerito en la espalda para que los aficionados podamos saber quiénes son. En este punto se abre otra vía: la comercialización masiva de equipaciones empujó a los clubes a perpetrar nuevos diseños para las camisetas, obviando la historia y tradición que las elásticas portan (o al menos portaban) consigo. Así, no solo asistimos al rediseño anual de camiseta, sino que contemplamos con horror cómo, por ejemplo, la segunda casaca de la Juventus es verde pistacho, la del Madrid porta un dragón o la de Barça es una senyera que, trasladada a camiseta, más que una bandera parece el pijama de un yonqui. Ni siquiera el balón es ya blanco con ribetes o pentágonos negros. Qué va, ahora los balones son de colores, con dibujos de mierda. Y en invierno hay que jugar con una pelota amarilla a pesar de que en España hay dos partidos al año, como mucho, en los que nieva. Sobre las botas de los futbolistas prefiero no opinar. Deslizo el dato de que el año pasado algunos jugadores comenzaron a competir con una de cada color. Y no fueron expulsados de la Liga [...]

11 mar. 2015

Berlín, días de bicicleta

Este reportaje se publicó en la revista Yo Dona







Hay una diferencia fundamental entre recorrer Berlín en bicicleta y hacer lo propio en Madrid, Valencia o Bilbao: el coche que llevas detrás. Cuando se pedalea por una calle de casi cualquier ciudad española se puede sentir el cabreo del conductor que llevamos a rueda, aferrado al volante y maldiciendo tu lentitud. Casi se percibe una energía de impaciencia que golpea nuestro manillar. No ocurre en Berlín: hay tantas bicis circulando por la ciudad que los conductores están definitivamente acostumbrados a ellas. Y su paciencia es la clave que permite disfrutar sobre dos ruedas -y sin tensiones viales- de una de las ciudades más interesantes de Europa. Se podría decir, la ciudad de moda.

“Berlín está muy bien para andar en bici, pero debería estar mucho mejor. Solo el 14% de las calles de la ciudad están acondicionadas con carril-bici”. Quien se queja es Martin Riewewstahl, guía de Berlin on Bike (Knaackstraße 97), sin duda, una de las mejores opciones para alquilar bicicleta y punto de partida para el mini tour. Puede que la queja de Martin sea lícita, pero es evidente que le falta la perspectiva de vivir en ciudades en las que, más que la falta de carril-bici, el problema es que te lleve un autobús por delante. Cuando se lleva media hora sobre el sillín rodando sobre la ciudad se comprende que la seguridad es enorme. La ciudad acoge a los ciclistas y una vez comprendido esto, recorrerla a pedales se revela como la mejor opción: se puede ir contemplando las calles, edificios y desfile de personajes berlineses; se puede ir de un barrio a otro sin caer rendido de agotamiento; se puede ir haciendo las paradas que deseemos sin preocuparse del aparcamiento; se puede beber una cerveza en una terraza sin la responsabilidad de tener que ponerse al volante. Berlín, sin discusión, en bici.

4 mar. 2015

El gallinero: el poblado de los 300 niños

Este reportaje se publicó en la revista XL Semanal.





Hay en barrer sobre el barro un acto de dignidad admirable. Lo lleva a cabo María, con una vieja escoba deshilachada. Aparta los restos de basura que se mezclan con la tierra delante de su chabola y después los tira. Cuando termina, descansa con su mano en la cadera. Lleva un pañuelo en la cabeza. No hay ni un solo desperdicio frente a su casa.

Hoy cae aguanieve sobre El Gallinero. El día apenas regala un grado sobre cero y la tierra se ha hecho barro en el poblado más castigado de Madrid. Probablemente de toda España. Enclaustradas entre la autopista A-3 y la M-50 viven 94 familias en infraviviendas. Casi 500 personas. La mitad, 250, son niños. Las chabolas son de madera y lata. Ahora una tabla lisa, ahora un trozo de cartón, ahora una placa de aluminio. Parecen frágiles, improvisadas, pero están hechas con habilidad. Están bien hechas. “Cogemos el material de la basura. O madera y palos del campo. Y con ellos construimos las chabolas”, explica Leonard, uno de los vecinos del poblado. Pura supervivencia.

Ocupan 20.000 metros cuadrados. Las chabolas tienen luz gracias a unos improvisados postes que desembocan en una toma donde se acumulan conexiones y cables. Si se estropea eso, adiós a la electricidad en todo el poblado. No tienen agua. Solo una fuente a 500 metros de distancia en donde las mujeres llevan los bidones a primera hora de la mañana. No tienen baños. Un lado del poblado sirve para los hombres y el otro para las mujeres. Los niños improvisan. Cuidado por dónde se pisa.
En medio, basura. Kilos y kilos y kilos de basura. Se acumulan en los badenes naturales, grandes zanjas convertidas en vertederos que discurren entre las chabolas. Y con ellas, los gatos, perros y ratas (ratones, como les llaman los niños) que campan a sus anchas entre las chabolas. Las mordeduras a niños son habituales.

Por cierto, estamos en Madrid. A veinte minutos de la Puerta del Sol.


20 ene. 2015

Gli ultrà


[...] en 2013 la policía prohibió a los ultras de la Nocerina desplazarse a Salerno para presenciar el clásico salernitano. La medida indignó a los radicales, así que exigieron a sus jugadores que boicoteasen el partido. Oficialmente la plantilla rechazó tal demanda, pero a los 21 minutos de juego el partido se suspendió: el entrenador de la Nocerina había hecho los tres cambios en diez minutos y a continuación se le lesionaron cinco jugadores seguidos. Tremenda coincidencia. Una más: en 2012 el Génova perdía por cero goles a cuatro en casa contra el Siena, resultado que le acercaba al descenso. En el minuto 51 los ultras genoveses saltaron al césped y obligaron a sus jugadores a quitarse las camisetas. “No las merecéis”, les dijeron. El delantero Giuseppe Sculli (de quien ahora hablaremos por sus vínculos con la mafia calabresa) acabó llorando. Cuarenta minutos después se reanudó el partido y al finalizar, los jugadores dejaron sus camisetas al pie de la grada de los ultras.

Los ultras mandan en los estadios italianos entre otras cosas porque son casi los únicos que van al campo. Quitando partidos sonados (derbis o encuentros con mucho en juego) los laterales de las canchas transalpinas lucen pelados en contraste con los, normalmente, abarrotados fondos. Allí se ubican los ultras y el relleno, esto es, jóvenes que no son estrictamente ultras pero que adoptan su estética y su forma de entender el fútbol en el estadio: de pie y animando sin parar. Pero sobre todo los ultras mandan porque se les ha permitido hacerse con el poder. Y en Italia ocurre que casi cualquier cosa un pelín organizada y con un poco de poder, desafía al Estado. A veces uno se pregunta por qué en Italia se empeñan en seguir teniendo Estado, si todos se la juegan a la mínima. En el caso de los ultras, hasta hace un par de años, apenas se han encontrado trabas. Controlan estadios, se pegan con la policía y amenazan a periodistas y jugadores. Todos se llevan muy fuerte las manos a la cabeza pero después nadie hace nada, en un ejercicio puramente italiano ante los desmanes. El teatrillo de la indignación inmediata como sustitutivo de las soluciones reales a largo plazo. Cada vez que hay un incidente con ultras en Italia se pone el grito en el cielo, pero luego nada.


Sí se luchó contra ultras y hooligans en Inglaterra o en España, donde leyes especialmente destinadas a frenar su actividad (y cuyos efectos colaterales han arruinado a más de un aficionado que nada tenía que ver con el movimiento) han reducido el ultrismo a casi nada en Reino Unido y a poco en España, al menos si lo comparamos con Italia.[...]

Este fragmento pertenece a mi texto 'Gli Ultrà', publicado en el número 9 de la revista Jot Down, dedicado a Italia. Puedes comprarla aquí.  

24 oct. 2014

Berlín, nacidas sin muro

Este reportaje fue publicado en la revista Yo Dona y en su web



Berlín rebosa turistas estos días. Más, incluso, de los que habitualmente llenan sus calles. El próximo 9 de noviembre la ciudad conmemora el 25 aniversario de la caída del Muro, previa a la reunificación de Alemania. "No solemos hablar del tema entre las amigas del Este y el Oeste. A veces mis padres sí que hacen algún comentario, pero entre los de mi generación no es habitual". Lo explica Julia Rautemberg, vecina de la capital alemana y relaciones públicas en una oficina de la ciudad. Ella, como todas las protagonistas de este texto, tiene 25 años: nació cuando el Muro moría. Todas forman la nueva generación de berlinesas que no ha visto su ciudad dividida. "Para nosotras es una parte más de la Historia que estudiamos, y ahora también una atracción turística. La ciudad está llena de nuevos museos, ofertas y atracciones", dice Nora Durstewitz, de la misma edad que Julia y también berlinesa. La experiencia de ambas nada tiene que ver con lo que aquella barrera significó para sus madres y abuelas. En tan solo 25 años y en un espacio de varios kilómetros cuadrados se produjo un cambio radical, un contraste asombroso para toda una generación de mujeres.

"Nuestras madres sabían si alguien era de Berlín Oeste o Este", asegura Nora, "a simple vista, por la ropa, el peinado y la mentalidad. Estaba claro quién era de cada lado, e incluso después de la caída del Muro se apreciaban las diferencias". Y añade: "Hoy es imposible distinguir si una chica que acabas de conocer procede de una parte o de la otra. Y no nos importa, nunca lo preguntaríamos. Berlín es una sola ciudad".